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10 pequeños grandes hábitos

En los tiempos que corren, los niños destacan por su inteligencia y sagacidad. Por eso vale la pena repasar algunas de las costumbres más valiosas que deben aprender durante la infancia

Por Magaly Rodríguez

Usar las palabras mágicas: dar los buenos días o saludar al llegar a un lugar, pedir por favor y dar las gracias son señales de cortesía y urbanidad que le abrirán a los niños muchas puertas a lo largo de su vida. No es necesario que ya sepan hablar para enseñárselas, sino comenzar a inculcárselas espontáneamente —aun siendo bebés— desde el trato cotidiano.

Ordenar: recoger sus juguetes, ayudar a recoger la mesa —o a fregar los platos después de haber comido—, hacer su cama antes de salir, poner la ropa sucia en su lugar y acomodar su mochila cada noche antes de ir a clases son costumbres que con los años rendirán dividendos, al promover también la organización en la adultez.

Lavarse las manos: la higiene es fundamental para evitar enfermedades, por eso es básico invitarlos desde temprana edad a lavárselas con agua y jabón antes de cocinar o comer, luego de ir al baño, después de practicar deportes o jugar con mascotas y también al llegar de la calle.

Reforzar las normas del buen hablante y el buen oyente: en una era en los que los dispositivos distraen a cualquiera sin esfuerzo, es necesario que los niños aprendan a prestar total atención a quien les habla, así como a esperar su turno para participar en una conversación. No hacerlo puede insinuar que es aceptable no mirar a esa persona o no escucharla.

Pedir perdón: enmendar sus errores con humildad es una de las lecciones más grandes que el niño debe asimilar desde muy temprana edad. La forma de ofrecer disculpas cuando se provoca un daño o cuando se comete una equivocación es algo que comenzarán a absorber de sus padres, por lo cual es necesario predicar desde el ejemplo. Enseñarlos a perdonar también es igual de imprescindible.

Planificar: aunque los niños pequeños tienen poca paciencia y viven desde la inmediatez del presente, es idóneo inculcarles poco a poco la noción de la planificación a largo plazo. Esto les ayudará progresivamente a medir el tiempo que necesitan para hacer sus deberes, reservar momentos para el ocio y evitar que los temidos domingos en la noche aparezcan tareas sin hacer.

Compartir: una persona que solo persigue su propio beneficio y no está dispuesta a ofrecer ni retribuir tiene bajas probabilidades de éxito. Los pequeños deben entender el valor de compartir no solo desde el deber, sino desde la satisfacción que produce ayudar a otros o combinar esfuerzos en un momento difícil.

Resolver: acostumbrarse a hacer o solucionar todo por el niño le resta independencia e iniciativa, dos elementos que valen su peso en oro. Es importante que los adultos le permitan primero la oportunidad de afrontar el problema en la medida de sus posibilidades y en ayudarlo a buscar opciones para manejarlo, en lugar de entregarles continuamente todas las respuestas.

Ahorrar: desde pequeños deben aprender para qué sirve el ahorro y por qué es tan valioso contar con una reserva para inversiones puntuales o tiempos difíciles. Si se les brinda todo lo que piden sin titubeos o no conocen ningún tipo de limitación en este aspecto, pueden crecer con una idea distorsionada del valor del dinero.

Asumir las consecuencias de sus actos: valores como el respeto, la honestidad y la responsabilidad no solo se aprenden desde la prédica, sino también desde la vivencia. Es imperativo que los pequeños entiendan lo que pasa cuando se violan estos principios y por qué son tan necesarios en el quehacer diario.

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