Home | Placeres | Equipaje | ¡A Pamplona hemos de ir!

¡A Pamplona hemos de ir!

“La fiesta había empezado de veras, y durante siete días no paró, ni de día ni de noche. No se paraba de bailar, ni de beber, el barullo era constante. Ocurrieron cosas que sólo podían haber ocurrido durante una fiesta”. Ernest Hemingway. (Fiesta, 1926).

Desde hace varios cientos de años, por estas fechas se celebra en una pequeña ciudad al norte de España lo que hoy es una de las fiestas más famosas del mundo, sólo comparable al Carnaval de Río de Janeiro o a la Fiesta de la Cerveza (Oktoberfest) en Münich. Es una explosión de alegría, bravura y excesos que no deja indiferente a nadie. Incluso impresionó al famoso escritor Ernest Hemingway, quien apasionado del festejo y el alcohol, disfrutó intensamente durante varios años de las fiestas de Pamplona, las hizo mundialmente famosas en una de sus novelas.Vista_Plaza_del_Castillo_Pamplona

Desde entonces, a comienzos de julio, la ciudad Navarra se empieza a preparar para las fiestas. Todas las tiendas de ropa —incluyendo a las de grandes marcas como Zara o Benetton— cambian sus estantes para adornarlos con el atuendo típico: camisa y pantalón blanco, separados por un fajín y un pañuelo rojo que se ata al cuello.

Los bares preparan sus terrazas y se aprovisionan de gran cantidad de alcohol y comida, el Ayuntamiento delimita las zonas de acceso y protege los jardines; en el casco antiguo de la ciudad un vallado de madera a modo de ruta advierte la pronta presencia de un tropel de hombres y toros; los servicios asistenciales de emergencia se preparan a atender a cientos de heridos. Pamplona pasará en pocos días de ser una tranquila urbe universitaria, de no más de 250 mil habitantes, a una bacanal de más de dos millones de migrantes.

La fiesta comienza oficialmente el mediodía del 6 de julio frente a la plaza del Ayuntamiento. Allí, una marejada de jóvenes espera el tronar de un cohete para atarse al cuello el pañuelo rojo y dar comienzo a la celebración, bajo el grito de ¡Viva San Fermín! Sólo una semana después ese mismo pañuelo será dejado en compañía de una vela junto a la capilla del santo, bajo una noche triste en la que se entona el llamado ¡Pobre de mí! (porque acabaron las fiestas de San Fermín).

NYX
NYX

Antes de ello, deparan siete días con sus noches de fiesta corrida, continua, ininterrumpida. La gente se aglomera en los bares, calles y plazas. Unos cantan abrazados, otros se echan champán por la cabeza, un grupo baila sin rumbo durante horas siguiendo a las charangas, unos amigos brindan por el reencuentro, un par de jóvenes lanzan agua desde las terrazas de los edificios colindantes a todo el que pasa. Todo es excesivo y escandaloso, y nadie parece quejarse. Sólo parece importar una cosa: pasarlo bien.

La polémica tradición

La fiesta de San Fermín sustenta su tradición y fama en dos grandes temáticas mezcladas a lo largo de los siglos: los toros y el tributo al santo.

Cuenta la leyenda que San Fermín fue un obispo mártir nacido en Pamplona en época romana. Su culto, famoso en Amiens, fue trasladado a Pamplona con gran arraigo desde mitad de la Edad Media. Pero estudios recientes han demostrado que la vida del santo parece ser únicamente legendaria, pues carece de verdadero sustento histórico, como muchos otros santos considerados apócrifos dentro del catolicismo.

Sin embargo, es tanta su devoción y afecto histórico entre los pamploneses que en su honor se crearon desde hace muchos años sus fiestas, cuando la fe era motivo común de celebración.

Pero el afán de fiesta hace mucho que superó a la fe. Los jóvenes locales o turistas que van a Pamplona, de San Fermín no conocen más que el nombre. Por el contrario, su conmemoración es sinónimo de excesos, lujuria, gula y otros pecados que seguramente el santo condenaría. Pero como dicen a modo irónico los locales, “no todo en estas fiestas es juerga. Al santo le hacemos una procesión muy bonita el día de su onomástica y él, en agradecimiento, nos hace de doblador en los encierros”.

Porque la otra gran demanda de las fiestas de San Fermín son sus encierros. Un tradicional recorrido desde el corral donde se guardan los animales hasta la plaza de toros, que en Pamplona se hizo famoso desde hace cientos de años por el numeroso grupo de mozos que acompaña a los pastores en su trabajo de guiar a los toros hasta la plaza y demostrar su valor al poner en riesgo su vida.

Que sepamos, este acto de osadía voluntaria ha cobrado la vida de unas quince personas en todo este tiempo, el último en el 2009, sin contar el gran número de heridos que año tras año se suceden. Eso hace de la fiesta una historia trágica para algunos.

Igual de polémica resulta actualmente la lidia con el toro, que en Pamplona no es ni más ni menos dura que cualquier otra celebración de la tauromaquia española, pero que por su popularidad se ganó el emblemático desafecto de los grupos anti-taurinos. Hoy ya son parte de San Fermín y es común verles un par de días antes manifestando desnudos por las calles de Pamplona, lo que contribuye aún más al morbo que genera la fiesta.

Es una tradición, alegría y fe de un pueblo, que disfruta de sus fiestas como ninguno, y que hoy intenta lidiar con las contradicciones propias de un mundo global y desenfrenado.
Disfrute de la revista en Issuu

Check Also

Lonely Planet nombra a Aruba como uno de los destinos más importantes para visitar en 2020

Lonely Planet, una de las más importantes editoriales de guías de viaje en el mundo, …